Caminando por el Sur

Dr. Manuel de la O

“Los Galeana” (1a. y 2a. Parte)

“Piedra del Mono” petrograbado de 700 años A.C. en Achotla (1a. y 2a. Parte)

“Piedra del Mono” petrograbado de 700 años A.C. en Achotla

Por: Rodolfo Valadez Luviano

Técpan de Galeana, Gro. 3 de mayo de 2009.- “Su cabeza despegada de su tronco está orientada hacia el tlahuztlan, que es donde sale el sol, sus pies hacia el cihuatlampa, que es donde se mete y, sus brazos hacia los otros dos rumbos y su cuerpo está formado por un rectángulo que simboliza los cuatro puntos: el sur que es el hiztlampa, el mictlampa que es el norte y la figura es el intermediario para la unión del padre sol con el agua, para poder fecundar a la madre tierra; porque la figura no es una mona, es un mono, ya que posee un miembro que le representa como el dios de la fertilidad”… describió el profesor Edilberto Abarca Efigenio el petrograbado que se localiza en una piedra en las faldas de un cerro cerca de la comunidad de Achotla, a unos cinco kilómetros de Técpan, conocida como “la piedra del mono”, lugar en el que los habitantes guiados por el maestro, elevaron sus oraciones a los dioses ancestrales para pedir que se termine el mal que la influenza porcina ocasiona a la población.

Cerca del medio día el profesor Edilberto llegó al lugar acompañado por unos 15 pobladores, solo mujeres y niños, y se dispusieron a iniciar la ceremonia, en la que pedirían la asunción de sus plegarias a los guardianes del lugar.

Las mujeres del grupo colocaron en el suelo en forma de cruz, flores amarillas, rojas, blancas y moradas, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales o rumbos, como se les conocía anteriormente por los aztecas, mientras el guía, de unos 38 años, de mediana estatura y que vestía un traje de color blanco de manta, con una banda roja en la frente, huaraches y plumas de aves en la cabeza, encendía el fuego de copal, cuyo humo para purificar el cuerpo de quienes participarían en la ceremonia serviría de medio para ascender las voces al cielo.

Colocados en circulo, uno a uno los participantes fueron purificados con el fuego, antes de iniciar el ritual con la esperanza de lograr la fertilidad de la tierra para obtener buenas cosechas, lluvias moderadas que no ahoguen ni dejen con sed a los cultivos y la erradicación de la influenza porcina de la población, además de un deseo que de forma particular pediría cada uno de los presentes, antes de alzar sus brazos al cielo para pedir las plegarias, dirigidos a cada uno de los rumbos, los cuales se complementaron, dijo el profesor, con el omeyocan, el cielo; tonanzintlally. la tierra y el hombre y el sonido del caracol al finalizar cada oración.

La ceremonia tuvo lugar a un costado de la piedra del mono, que según Abarca Efigenio, es el guardián del lugar.

“La piedra de mas de dos metros de altura, es impresionantemente hermosa, yo calculo tentativamente que fue grabada hace 700 años antes de cristo por quienes habitaron este lugar, utilizando la técnica del cincel es decir piedra sobre piedra y en este sitio donde se ve que existió mucho agua -cerca de ahí se encuentra el arroyo Ajuquiaq- y nuestros ancestros quisieron representar a quien une a nuestro padre sol, con nuestra madre tierra a través del agua que era abundante en este sitio”, detalló en entrevista para La Jornada Guerrero.

Agregó que la figura es la única grabada en piedra en todo el estado, ya que existen otras en una zona arqueológica de Acapulco, “pero en piedra solo esta”, afirmó.

“La ceremonia que acabamos de realizar fue bien recibida por los guardianes del lugar” aseguró el guía, al tiempo de señalar a una pequeña iguana que se asomaba del tronco de un árbol y a la que se refirió como uno de los guardianes que llegaba a presenciar lo que hacían y su salida era reflejo de aceptación.

Al final del rito, el maestro tomó cada una de las ofrendas que fueron ofrecidas, agua energizada con cuarzos y pinole, los cuales regó en la tierra para ofrendarlas a los señores.

Solo restaba recoger las flores, las ofrendas y apagar el fuego, “lo cual debe ser lo último, ya que su humo es el conducto para elevar a los espíritus los deseos y debe ser al final para llevar a las alturas hasta la última buena intenc ión que se tenga antes de apagarlo”, precisó.

La fábrica de textiles del Ticuí

Por: Rodolfo Valadez Luviano

A principios del siglo pasado empresarios europeos -principalmente españoles- fundaron desarrollos industriales en algunos municipios del estado de Guerrero, uno de ellos es la fabrica de hilados y textiles del Ticuí -a un costado de la cabecera municipal de Atoyac- actualmente en el olvido y deteriorada en un 80 por ciento, aun recuerda a los habitantes, su pasado de prosperidad y riqueza, tristeza y alegría, en el presente de la que fue considerada en su tiempo, la empresa textil mas importante de la costa grande del estado.

De acuerdo a los datos proporcionados por la desaparecida Juventina Galeana Santiago historiadora, cronista y promotora cultural de Atoyac, a la Jornada Guerrero, fue en el año 1900 cuando arribaron a la región trabajadores de la firma comercial Alzuyeta Fernández Quiroz y Compañía, con el propósito de encontrar un lugar adecuado para la construcción de una fabrica de hilados y tejidos, mismo que encontraron en los terrenos de la señora Amada Radilla. El sitio era rico en madera, la cual sería utilizada en parte para la construcción de la empresa -el resto sería traída desde España- y cercano a un arroyo que serviría para mover las turbinas generadoras de electricidad.

La curiosa forma de cantar de las aves de nombre chicurro, llamó la atención de los españoles ahí establecidos, que decían escuchar entre los sonidos de los pájaros la palabra Ticuí, por lo que así llamaron al lugar. Aunque en otra versión de los habitantes, estos narran que el nombre se deriva de la descomposición de la palabra cuahinicuile que, aseguran, era el nombre original del pueblo.

A pesar de que los ibéricos construyeron casas de adobe y teja en vez de las de sácate y bajareque para los pobladores en un lugar retirado de la fábrica, los obreros se negaron a aceptarlas y las quemaron, erigiendo nuevas viviendas cerca de la industria.

Una año más tarde de la llegada de los representantes de la firma comercial, se terminó la construcción del mirador; una torre de 40 metros de alto desde donde vigilarían a quienes entraban y salían del pueblo, entre ellos a los revolucionarios que saqueaban las casas de la región años mas tarde.

La maquinaria llegó desde Europa en barco, descargada en un lugar llamado Llano Real -ahora municipio de Benito Juárez- de donde fue trasladada al Ticuí en carretas, e instaladas por el ingeniero León Obé Penicot.

Los españoles al saber de la riqueza de la tierra del lugar regalaron semilla de algodón a todos los campesinos para cultivarlas, lo que a la postre originó una abundante producción de esa planta, lo que representó para el lugar ser el mayor productor de ese producto hasta 1933, cuando cambiaron su cultivo por el de ajonjolí y coco.

El 20 de noviembre de 1904 se inaugura la fábrica y ese mismo año se sacaron pruebas de algunos hilos, con los que produjeron las primeras telas de indiana, manta, fioco, driles y sedas, un año después.

Al inicio de los trabajos en la factoría, las jornadas laborales eran de 14 horas distribuidas en el día y la noche; de cinco de la mañana a una de la tarde, de las dos de la tarde a las 10 de noche el segundo, y un tercero de 10 de la noche a cinco de la mañana, con salarios entre los seis y 12 centavos.

El comienzo de la Revolución Mexicana suspendió temporalmente los trabajos de la empresa, los cuales se reanudaron años mas tarde. Sin embargo a mitad de los años veinte, una nueva lucha armada encabezada por el líder agrario Amadeo Vidales provocó la muerte de varios españoles avecindados en la región, entre ellos uno de apellido Almachea, quien era el representante de la firma dueña de la fabrica, lo que causó temor entre los propietarios quienes huyeron del país.

Otra suspensión de los trabajos se registró en 1933 debido a un conflicto con los obreros, quienes no aceptaban la imposición de un sindicato de parte de los dueños y abandonaron el trabajo, hasta que en 1934 en una vista a Atoyac del general Lázaro Cárdenas del Río, los obreros encabezados por Enedino Ríos Radilla expusieron la problemática de la falta de recursos que padecían y su deseo de hacerse cargo de la fabrica ante la huida de los dueños.

Cárdenas les recomendó que constituyeran una sociedad cooperativa para que el Banco Obrero les otorgara un préstamo, y así, iniciar de nuevo los trabajos.

Tras hacer caso a la sugerencia, los obreros constituyen la cooperativa “David Flores Reinada”, que tuvo como primer gerente de la fabrica a Enedino Ríos y como presidente de la cooperativa a Lorenzo Fierro González.

Al ganar Lázaro Cárdenas la presidencia del país, entrega el 20 de Noviembre de 1938 la propiedad de la expropiada empresa a los empleados, quienes la llamaron: Progreso del sur, Ticiu, además de un crédito por medio millón de pesos del Banco Obrero para su operación y comercialización, dinero que fue utilizado para el desasolve del canal y el arreglo de las maquinas que estaban deterioradas por la falta de uso.

De ahí en adelante la calidad de sus productos textiles, les permitió exportar las telas a países como Japón, Inglaterra y -de acuerdo al testimonio del cronista municipal Rubén Ríos Radilla- las mismas eran utilizadas para fabricar los uniformes de los soldados del ejército ingles en la segunda guerra mundial.

Paralelo a esta prosperidad comercial la cooperativa generó beneficios también para la comunidad del Ticuí y de Atoyac mismo.

Se construyó la actual escuela primaria Valentín Gómez Farias, así como otra de capacitación agrícola y se generó energía eléctrica para las dos comunidades, además de servicios médicos, y becas para los hijos de los obreros y un mercado que funcionaba los sábados.

La vida productiva de la maquiladora se truncó con la muerte de Enedino Ríos, quien perdió la vida en un accidente aéreo en el cerro del “zopilote”, en Xochimilco, el 15 de diciembre de 1951 por lo que la gerencia de la fábrica pasó a manos de su hijo Efrén Ríos Hernández quien solo la hizo funcionar hasta 1956.

Tras varias administraciones que no dieron resultados positivos, victima del atraso tecnológico de su maquinaria y de lo difícil que resultaba competir con las nuevas fibras sintéticas, la textilera cierra sus puertas a principios de la década de los setentas.

Según testimonios de los pobladores, -en un recorrido hecho por La Jornada Guerrero-, aseguran que las autoridades que pasaron por el gobierno de Atoyac no dieron importancia al saqueo que se hacía de la fábrica -incluso de los propios gobernantes- hasta dejarla en ruinas, y que sirve en la actualidad como basurero a la comunidad, alejada del respeto de sus habitantes, los que olvidan que fue la empresa más importante de la región.